EL EXCESO DE “INFLUENCERS”: EFECTO CONTRARIO AL DESEADO

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Actualmente, cada vez son menos los clientes entusiasmados con la publicidad tradicional. Que nos lleguen los mismos mensajes de siempre, con el mismo estilo más o menos agresivo, lo cierto es que cada vez conlleva menos efectividad.

Por ello, las marcas comenzaron a utilizar desde hace tiempo la imagen y sobre todo, la voz y mensajes de ciertos personales públicos que pueden ser capaces de influir sobradamente en el público objetivo para conducirlos, persuadirlos, seducirlos, hasta poner de moda el producto o el servicio que prescriben. Son los denominados “Influencers“.  Estos prescriptores (tiempo atrás fueron los famosos, personajes públicos, celebrities, etc,) con sus altas comisiones, actualmente suelen ser bloggers, y profesionales o pseudoprofesionales habilidosos en redes sociales, que marcan a partir de sus recomendaciones los nuevos hábitos y tendencias de consumo, pudiendo llegar a conseguir gran cantidad de seguidores para una marca concreta y con ello, de clientes.

Pero como todo es cuestión de moda y equilibrio, el exceso de utilización de los “Influencers” también puede generar un efecto negativo. Las marcas, con ansias de sobresalir en todo momento y compitiendo estrepitosamente, están tendiendo a utilizar demasiados prescriptores sin definir exactamente la cantidad y la calidad de ellos sin entender que no se puede utilizar a “todo” “Influencer” que aparezca cerca de ti. Saber escogerlos es un punto crucial en la estrategia de éxito.

Las empresas que quieren construir marca, deben crear con profundidad contenidos de calidad, ser poderosas en contenidos, no en crear contenidos de marca.

Elegir un/a “Influencer” para largo plazo como estrategia de inversión es la adecuada, pues el uso de muchos de ellos a corto plazo, satura las redes sociales y no permite fijar un resultado a largo plazo, con lo que el efecto deseado no llega a producirse sino todo lo contrario.

Utilizar lo efímero como premisa, conlleva que los resultados sean inmediatos pero sin el calado que permita construir una marca de confianza: un poco “cultura del pelotazo” que ya sabemos que luego explota.

 

 

 

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